El Arte de Desenfadarse

El Arte de Desenfadarse

Antes de empezar a hablar sobre El Arte de Desenfadarse, voy a hablar de ¿por qué nos enfadamos? Parece que es algo muy propio del género humano y que a pesar de saber en qué consiste y que después de enfadarse viene desenfadarse, lo seguimos haciendo una y otra vez.

Mi experiencia

En años de crecimiento personal y desde un sitio de tremenda curiosidad siempre me he preguntado ¿qué hay detrás de un enfado? ¿Qué sostiene a ese tipo de sentimientos y qué nos dispara para ponernos, normalmente, en un estado incómodo, desagradable y de consecuencias devastadoras, en mayor o menos medida dependiendo del nivel de lo ocurrido?

La respuesta que encuentro una y otra vez en mi y en otras personas con las que me cruzo es miedo. ¡Sí! Puede sonar ridículo, pero lo que reside detrás de un enfado es uno o varios miedos y si quiero ser aún más precisa en mis conclusiones en años de observación y experiencia en enfadarme y desenfadarme, lo resumiría en un único miedo que vive al final de todos los miedos y que sostiene el árbol genealógico de todos los miedos con el que un ser humano vive su vida. Cuando escribo, lo hago desde mi perspectiva y puede ser cierto o no, pero me limito de compartir mis conclusiones y aprendizajes, ni siquiera es necesario que estemos de acuerdo. El último miedo que podemos descubrir como la raíz del resto de una cadena es desde mi punto de vista, el miedo a no ser suficiente.

Si lo pensamos bien por un momento, los seres humanos tenemos una necesidad imperiosa de ser útiles en este mundo, de encontrar nuestra valía, bien sea personal o profesional, que al fin y al cabo confluyen en lo mismo, lo personal ya que somos seres holísticos y cuando estamos trabajando no podemos dejar de ser lo que también somos fuera de ese entorno. Es muy habitual escuchar a personas hablar de que están buscando su propósito de vida, su camino, su misión y para mi todo eso se simplifica con una sola palabra, ¡ser suficientes! ¿qué quiere decir esto? Me he dado cuenta de que en el fondo de cualquier cuestión, los humanos tenemos miedo a no ser suficiente para una persona, situación o desempeño de tareas, incluso me atrevo a decir que tenemos miedo de no ser suficientes para nuestra misma persona y desarrollo de vida.

Creencias limitantes

Alguna vez te has pillado pensando cosas como:

-Y si encuentra a otro/a mejor

-Y si me despiden

-Y si no apruebo los exámenes

-Y si no sé explicarme en la reunión

-Y si no consigo lo que quiero

-Y si mis hijos piensan que soy un mal padre/madre

-Y si, y si, y si….

Déjame que me atreva a afirmar que estoy totalmente convencida de que al menos una vez en la vida (diría que muchas veces más) has pensado algo igual o parecido a esto, incluso, puede que pienses varias de estas cosas a la vez o que hasta te atrevas a instalar en tu cabeza que hagas lo que hagas no saldrá bien o que tienes una tendencia a «estropearlo todo», confieso que he oído hablar así a algunas de las personas con las que he podido hacer sesiones en estos años.

Ejemplo

Pensemos por un momento, si de verdad sintiéramos que somos una persona maravillosa en todas sus facetas, que tiene la vida que siempre ha soñado y que es muy valiosa y que vive en armonía con su esencia y propósito, ¿crees que nos enfadaríamos? Mi punto de vista es que ¡no!, y lo escribo con exclamaciones para ser más contundente.

Entonces, ¿a qué estamos jugando los seres humanos? Si en nuestro subconsciente y a veces también consciente, creemos que no somos suficientes, ¿cómo no nos vamos a enfadar?

Me he encontrando en el viaje de la vida con personas que eran o son auténticos ángeles en la tierra, que su mirada emanaba paz, calma, serenidad y fe, que todo estaba bien, que pasara lo que pasara todo les parecía adecuado y que además te respondían con una sonrisa. Me viene a la memoria una monja budista, con la que tuve la suerte de encontrarme hace un tiempo en la calle por «causalidad«, ella buscaba una tienda de telas y me preguntó donde podía encontrarla, yo iba «de prisa» (algo tan común desafortunadamente para los humanos) y en un momento de existencia en el que estaba enfadada con el mundo (es la manera más sencilla que se me ocurre de describir como me sentía), sin embargo, la pregunta de aquella mujer me cambió el día y además el rumbo de mis días. Algo en su mirada me hizo pararme en seco, quizás me leyó el pensamiento y quiso hacer su obra de caridad. Le dije donde estaba la tienda, algo lejos de donde estábamos y por algún motivo me ofrecí a llevarla en mi coche. Ella se mostraba humilde, con el pelo rapado y una vestimenta de lo más sencilla, pero su rostro era más rico que el mío. Yo iba vestida de los más glamurosa y le ofrecí subirse en mi coche de tapicería de piel blanca (el resto del coche ni lo cuento, te lo puedes imaginar). En ese momento en el que aquella mujer se subió en mi coche, todo el espacio se llenó de paz y pensé, ¿qué narices hago yo enfadada con la vida?, ¿qué pasa de verdad? Aquel encuentro me llevó a una retahíla de preguntas, con las que aún vivo y hago por vivir para recordarme cada día lo que de verdad merece la pena, el paseo que me dio esa monja budista, porque yo no se lo di, me lo dio ella a mi, fue maravilloso. Me di cuenta de que ella se sentía suficiente, de que además de todo tenía suficiente, y de que la vida era suficiente y divinamente bonita. Es día, es mujer, quizás sin saberlo o sí,  me ayudó a desenfadarme y me invitó a reflexionar qué necesitaba para sentirme suficiente. Desde entonces he explorado y sigo haciéndolo, a veces me salgo del camino y me vuelvo a enfadar y cuanto tomo conciencia del ridículo que hago al enfadarme y del poco respeto que le tengo a mi ser y a mi cuerpo que se altera, se descoloca y empieza a tener una serie de reacciones en cadena que me revuelven, entonces me desenfado y de nuevo pienso SOY SUFICIENTE.

Anécdota significativa

Hace poco, compartiendo un día de comida con un fantástico amigo de universidad (por suerte hay amigos que duran a pesar de los años), me contó algo que me dejó fascinada y que tenemos delante de nuestros ojos y a veces no vemos. Tiene un hijo «adoptado» y le trasmití la suerte que había tenido ese niño con él y su pareja al encontrar una familia llena de amor. Para mi sorpresa me respondió: «suerte la mía, me ha enseñado muchas cosas y una es a desenfadarme rápidamente. Al principio de estar con él, me enfadaba por muchas cosas y me duraba, mientras que él salía a la calle y a la vuelta de la esquina ya ni se acordaba y estaba feliz. Eso me hizo darme cuenta de la capacidad que tienen los niñ@s para desenfadarse rápidamente (o la mayoría de los niñ@s) y me ha servido para mi vida personal y profesional. Antes un enfado me duraba un tiempo, ahora se me pasa muy rápido y eso me hace ser más feliz» ¿no te parece ¡genial!? Qué lección tan grande. Sinceramente, ¡me encantó! Y decidí quedarme con ello en el bolsillo.

Días después, la vida me puso la prueba en el camino y en el tumulto de un huracán de circunstancias bastante retadoras, llegó la gota que colmó el vaso. En uno de esos momentos de vida donde estás haciendo lo posible por que el barco no se hunda, el agua no te ahogue y el tiburón que merodea no te coma, y para colmo te cae un rayo encima que te deja casi paralizada. Lo reconozco, con todo lo que supuestamente sé, caí en la trampa y me enfadé, y mucho y además con alguien a quien adoro y por quien me iría al fin del mundo. Tenía tantos frentes de los que ocuparme para convencerme de que era «suficiente» que el rayo me fulminó sin aviso ni capacidad de reacción. Viví un proceso de muy, muy «humana» con distintas fases, hasta llegar a la comprensión hacia mi misma, la circunstancia y el resto de personas involucradas. Empecé pensando que era «normal» haber reaccionado así, y después de alguna parte más… decidí practicar el «arte de desenfadarme». El ego, que pretende ser muy listo, sacó toda su artillería, me pedía que saliera corriendo y que me fuera muy lejos para huir y buscar refugio, pero me puse frente a él y le dije: «¿de verdad crees que así lo voy a arreglar?, si aquí, con la que tengo montada no soy suficiente, ¿dónde lo voy a ser?» decidí quedarme, desenfadarme y tener muy presente que pasara lo que pasara todo estaba bien. La mirada de aquella monja budista vino a mi memoria junto con la imagen del niño saltando feliz por la calle después de una reprimenda, si esas dos personas podían «desenfadarse o no enfadarse» yo también puedo. Vivir en equilibrio es algo fundamental para una existencia feliz,

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Conclusiones

En esta época de nuevos propósitos para el año que viene, confieso que tengo varios y uno de ellos es practicar el arte de «no enfadarme» y si lo hago desenfadarme rápidamente.

¿Y si todo esta bien? ¿y si todo no importa tanto o nada? ¿y si la vida es mucho más fácil de lo que nos parece o pretendemos que sea?

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